¿Alguna vez has sentido que una simple película puede cambiar el rumbo de tu vida? A mí me pasó. Todo este viaje de emprendimiento, que hoy me tiene sumergido en el mundo de los tableros y las cartas, comenzó frente a una pantalla viendo Indie Game: The Movie. Me fascinó ver cómo tres desarrolladores de videojuegos, trabajando solos desde sus computadores, lograron crear títulos que superaron en ventas a las gigantescas corporaciones. Esa idea me quedó dando vueltas: la noción de que una persona normal, como tú o como yo, tiene la capacidad de dirigir, producir y lanzar un proyecto artístico con sus propias manos. En ese momento, antes siquiera de imaginar que terminaría analizando el catálogo de cada tienda juegos de mesa que se me cruzara, sentí que yo también podía hacer algo grande.
Contenidos
Vengo de una familia numerosa. Tengo cuatro hermanes y decenas de primos, así que para mí, jugar nunca fue una actividad solitaria. Era el momento sagrado para compartir con los tuyos. Esa es la sensación que buscaba replicar cuando empecé a programar. Quería revivir esas tardes amontonados en un sillón, gritando y riéndonos con el Mario Kart, peleando en Smash Bros o terminando “picados” con el Mario Party. Mi primer intento fue programar videojuegos: creé Double Static Pinball, un pinball diseñado específicamente para dos jugadores. Buscaba el efecto de compartir con un jugador, el “couch gaming”. Y un año después un juego que se llamaba “Gotitas”
El desencanto digital y el regreso a lo físico
Sin embargo, con el paso de los años, sentí que esa mística se empezó a desvanecer. Los videojuegos, que antes eran el alma de la fiesta en la sala de estar, se volvieron experiencias cada vez más solitarias o puramente online. Esa conexión de estar ahí mismo, compartiendo el espacio físico y los codazos, desapareció bajo capas de servidores y auriculares. Al ver que el medio digital ya no apuntaba a lo que a mí realmente me apasionaba —la conexión humana directa—, mis ganas de seguir desarrollando en código se fueron apagando. Fue un periodo de búsqueda, donde sentía que me faltaba algo, pero no sabía dónde encontrarlo.
Ese desencanto duró hasta que llegué a la universidad. Fue allí donde descubrí el universo de los juegos de mesa para adultos. Recuerdo haber visto el famoso Cards Against Humanity en acción. Aunque en ese preciso instante no me senté a jugarlo, me voló la cabeza darme cuenta de que existía un mundo de experiencias lúdicas que no eran infantiles. Vi a adultos gritando, riéndose y conectando de una manera que ya no veía en las consolas. Sentí que había encontrado el formato perfecto. No necesitaba una pantalla; necesitaba papel, cartón y a mis amigos frente a mí. Fue la oportunidad de volver a lo lúdico desde un lugar mucho más real y cercano, algo que hoy cualquier buena tienda juegos de mesa busca ofrecer a sus clientes.
El nacimiento de Mala Leche y el prototipo “indecente”

En 2013, me propuse el desafío de crear mi propio juego. Tomé la base de ese juego americano que nunca llegó a Chile porque hablaba de una cultura que no era la nuestra, y pensé que podía hacer una versión que rescatara los aspectos más “oscuros” y divertidos de nuestra propia idiosincrasia nacional. Así empecé: usando un PowerPoint para el diseño de las cartas y un Excel infinito para organizar las ideas. No tenía una gran infraestructura, pero tenía amigos dispuestos a reírse conmigo durante el proceso.
Cuando por fin tuve el primer prototipo de Mala Leche, no era nada parecido a lo que podrías ver hoy en las vitrinas de una tienda juegos de mesa. Eran simples hojas de impresora cortadas a mano, todas piñuflas y amontonadas dentro de una bolsa Ziploc y cerradas con un elástico. Era lo más “indecente” que te puedas imaginar, pero cumplía su función: divertir y hacer reír a la gente hasta las lágrimas. Al principio lo hice solo por diversión. Lo llevaba a las juntas con mis amigos y la pasábamos increíble. Mi único plan era ese, hasta que el destino decidió otra cosa.
De un pasatiempo a un producto real
El punto de quiebre ocurrió cuando, de repente, dos personas diferentes me pidieron el juego prestado al mismo tiempo y no tenía para dárselo a ambos y uno me ofreció pagarme por imprimirle una copia. Ahí me di cuenta de que tenía algo entre manos que a la gente le interesaba de verdad. Imprimí un segundo ejemplar, luego un tercero… y pronto me empezaron a conocer como “el amigo de las cartas de humor negro”. El proyecto agarró un vuelo que no pude prever, pero en lugar de asustarme, decidí abrocharme el cinturón y subirme a ese cohete. Entendí que el proyecto merecía más que una bolsa plástica; merecía ser un producto de verdad.
Me puse manos a la obra. Escribí las instrucciones, diseñé un logo que tuviera personalidad, creé la caja y di vida al personaje del “Tío Mala Leche”. Ya no era solo un experimento, era un producto finalizado, listo para competir en cualquier tienda juegos de mesa con otros títulos. Para poder comercializarlo legalmente, formé mi empresa. Invertí mis ahorros para imprimir las primeras unidades de forma profesional y, para mi sorpresa y alegría, ¡fue un éxito total! Esa energía y motivación me demostraron que si había logrado tener éxito una vez, podía repetirlo si entendía la esencia de lo que nos divierte como chilenos.
Pásalo Chancho: Una estilo de vida

Con el éxito de Mala Leche, entendí cuál era mi rumbo. Lo más importante para mí no era solo vender cajas, sino crear títulos nuevos hechos por chilenos y para chilenos. Quería que mi empresa representara en su esencia todo lo que yo había aprendido: el valor de divertirse con los amigos o la familia y rescatar esa identidad nacional tan especial. Así nació el nombre que hoy nos define: Pásalo Chancho. Porque al final del día, eso es lo que buscamos todos cuando entramos a una tienda juegos de mesa, ¿no? Un momento de felicidad genuina y que sea algo nuestro, no algo gringo.
Abrir mi propia tienda juegos de mesa online y gestionar mis creaciones me permitió ver el impacto directo que tiene el juego en la salud emocional de las personas. He aprendido muchísimo del proceso creativo y de venta, pero lo que más noto es que el valor de rescatar nuestra cultura. No se trata solo de mecánicas complejas o componentes de lujo; se trata de que el contenido te hable a ti, que te sientas identificado con lo que estás viendo.
El futuro y la conexión que nos une
Hoy, cuando miro hacia atrás, veo que la historia de Pásalo Chancho todavía se está escribiendo, y lo más lindo es que tú eres parte de ella cada vez que eliges uno de mis juegos. Mi sueño es que, a través de mis creaciones, puedas recuperar esas emociones que teníamos de chicos, cuando jugábamos sin preocupaciones y la única meta era disfrutar el momento todos juntos, mirándonos a los ojos. Lo que comenzó con una bolsa Ziploc se ha convertido en una misión: devolver la mística de compartir cara a cara.
A menudo me preguntan qué consejo le daría a alguien que quiere emprender… Mi respuesta es siempre la misma: busca algo que te haga conectar de verdad con tu gente. No te dejes llevar solo por las tendencias internacionales; a veces, lo que más nos conecta es lo que tenemos más cerca, nuestro propio humor y nuestras propias historias. La industria está creciendo y cada vez hay más espacios, pero la esencia debe ser siempre la misma: la comunidad. Eso para cualquier industria. Es la diferencia entre un creador y un comerciante.
Invitación a jugar y a conectar
Si alguna vez sientes que la rutina te está ganando o que te falta esa conexión con tus seres queridos, date una vuelta por una tienda juegos de mesa o visita nuestra web. No lo veas solo como una compra, míralo como una inversión en recuerdos y experiencias (en particular con lo que cuestan las entradas del cine hoy en día). Cada vez que sacas un tablero a la mesa, estás abriendo una puerta a conversaciones y risas que no sucederían de otra forma. Esa es la magia que me sacó del mundo digital y me trajo a este mundo físico y maravilloso.
A veces, para avanzar, hay que volver un poco al pasado, a esos sillones amontonados de mi infancia. Mi meta es que mi tienda juegos de mesa sea un puente hacia esos momentos. Hemos pasado por varios logos y diseños, cada uno reflejando una etapa de este crecimiento, pero el actual es el que más irradia esa esencia chilena y divertida que buscamos por tanto tiempo. Es la representación de un sueño que se hizo realidad a punta de esfuerzo y muchas ganas de compartir.
El éxito es compartir
Para cerrar esta historia, quiero agradecerte. Porque mi tienda juegos de mesa no es nada sin los jugadores que le dan vida a las reglas. Sin ti, Mala Leche seguiría siendo un montón de hojas en una bolsa de plástico en mi cajón. Tu apoyo es lo que nos permitió seguir inventando, seguir arriesgando y seguir creando nuevas experiencias que nos unen. Espero poder tener la fortuna de seguir escribiendo esta historia juntos por muchos años más.
Ahora que conoces el origen de todo, no tienes excusa. Llama a tus amigos, busca ese juego que te llama la atención en tu tienda juegos de mesa favorita y prepárate para una noche épica. Recuerda que la vida es corta y los momentos de verdadera risa son los que realmente valen la pena atesorar. Así que, sin más preámbulos, anda y pásalo chancho. El próximo gran recuerdo de tu grupo de amigos está a solo una partida de distancia.








