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  • Cómo una bolsa Ziploc se convirtió en el juego mala leche

    Hace casi diez años tomé una decisión drástica que cambió el rumbo de mi vida profesional y creativa por completo: dejé de desarrollar videojuegos. Me di cuenta de que extrañaba profundamente esa maravillosa y antigua sensación del couch gaming, ese ambiente nostálgico donde todos nos sentábamos juntos en el mismo sillón, compartiendo el mismo espacio físico, mirándonos directamente a la cara, riendo y gritando en tiempo real.

    Los píxeles y las pantallas ya no me daban esa conexión humana genuina que yo tanto buscaba generar en los jugadores y mis amigos. Fue así como decidí volcar toda mi energía hacia el diseño de tableros y cartas, sin imaginar que terminaría dando vida al juego mala leche, un proyecto que nació de la manera más precaria imaginable y que terminó convirtiéndose en un verdadero hito dentro de la cultura pop y los juegos de mesa chilenos.

    El humilde origen de una bolsa Ziploc

    Todo comenzó con un prototipo que hoy en día me daría un poco de vergüenza mostrar en público, pero que en su momento fue mi mayor tesoro. Armé un archivo muy básico en PowerPoint y una planilla en Excel donde fui recopilando una serie de frases típicas, modismos y situaciones absurdas de nuestra idiosincrasia chilena para armar un simple sistema de juego de completa la oración.

    Imprimí esas hojas en la impresora de mi casa, recorté las tarjetas una a una a mano con una tijera de papel lustre y las guardé en una bolsa Ziploc toda piñufla amarradas con un elástico. Con esa bolsa bajo el brazo empecé a llevarla a cuanto carrete me invitaran mis amigos. Cada vez que sacaba este rústico juego mala leche, la atmósfera de la fiesta cambiaba por completo de inmediato. La gente se moría de la risa, se generaban debates ridículos sobre los temas que escribí y lo pasábamos tan bien que empezaron a exigirme que llevara la famosa bolsita a cada junta.

    La verdadera revelación de que tenía algo comercialmente viable entre manos ocurrió un viernes por la tarde. Un amigo cercano me llamó para pedirme prestado el prototipo casero porque quería llevarlo a una reunión familiar. Se lo pasé encantado. Sin embargo, el sábado, otro amigo de un círculo totalmente diferente me preguntó si podía prestárselo también para un asado que tenía el sábado. Tuve que decirle que no, que el único ejemplar ya lo había prestado. Su respuesta inmediata me dejó procesando la idea por horas: “¿Y si te pago para que me imprimas una copia para mi y yo me la quedo para siempre?”. En ese instante me cayó la teja de que el juego mala leche no era solo un pasatiempo divertido para mis conocidos de siempre, sino que había un potencial de un producto real con un valor de mercado que la gente de verdad deseaba poseer y hasta pagar por ello.

    Arriesgando mis ahorros en la calle Arturo Prat

    Si bien le hice una copia de inmediato, las preguntas de otros amigos comenzaron a llegar: “¿Y por qué a Juanito le diste uno? Yo también quiero mi copia”. Así que decidí tirarme a la piscina sin salvavidas, a pesar de que no tenía la más mínima idea de cómo llevar un juego al plano industrial, pero se me hacía necesario, era muy muy lento el proceso de cortar a mano 500 cartas.

    Pasé cerca de seis meses investigando de manera obsesiva sobre imprentas locales, tipos de papelería, gramajes de cartón, barnices protectores de naipes y máquinas de corte. Junté una gran parte de los ahorros que había acumulado con mis trabajos anteriores y mandé a fabricar una primera tirada de 500 unidades de lo que internamente llamo la “versión cero” a diferentes partes. Una fábrica de tarjetas de presentación las cartas, una empresa de cajas de vino, la caja, y en una imprenta de uno de los viejitos de la calle Arturo Prat en el centro de Santiago imprimí el manual de instrucciones y yo mismo tenía que ensamblar los componentes del juego en mi casa.

    Al principio, intenté promocionar y vender el juego mala leche a través de publicaciones orgánicas en Facebook, pero debo confesar que los primeros meses fueron un balde de agua fría y el movimiento era francamente… lento. Me había propuesto una meta personal muy estricta para medir el éxito: si no lograba vender la totalidad de las cajas en menos de un año, aceptaría que esto no era un negocio viable y desecharía esta idea.

    Desesperado por mover las cajas que bloqueaban el pasillo de mi departamento, empecé a ingresar a diversos grupos de nicho dedicados a los juegos de mesa en redes sociales, que en ese entonces eran comunidades muy pequeñas y cerradas en Chile. Por un golpe de suerte, uno de los administradores principales de estos grupos vio una de mis publicaciones sobre el juego mala leche y la fijó en primera plana del grupo. En el transcurso de las siguientes dos semanas, miles de aficionados vieron el juego y las ventas comenzaron a llegar de una forma que no podía dar abasto a los mensajes de los clientes. En apenas seis meses liquidé hasta la última unidad de esa primera tanda y la comunidad seguía escribiéndome porque querían comprar su juego.

    El salto a las ligas profesionales y la mecánica de las “Lukas”

    Con el éxito rotundo de la primera tanda, supe que era el momento de profesionalizar al máximo la manufactura. Esa versión cero era muy artesanal y para la nueva etapa, necesitaba encontrar alguien que hiciera esto de manera correcta, lamentablemente en ese momento en Chile no existían imprentas dedicadas a juegos de cartas (más allá de SALO) por lo que eso me llevó a buscar fábricas internacionales que estuvieran dedicadas de manera exclusiva al rubro lúdico y que pudieran embalar y sellar todo bajo estándares europeos. Tras un año entero de solicitar y solicitar muestras a cada fábrica, evaluar la calidad productiva y aprender sobre logística internacional, saqué al mercado la versión uno oficial del juego mala leche, introduciendo una innovación que cambió las partidas para siempre.

    Esta nueva edición de mi juego incorporaba por primera vez los famosos billetes de luca ficticios, añadiendo una capa estratégica de estilo póker donde los jugadores podían gestionar estos billetes sobornar al dealer y pedir más cartas si consideraban que sus opciones eran malas o simplemente jugar otra vez en su turno. El producto se veía hermoso, resistente y profesional. Gracias a este salto de calidad, logramos vender las siguientes 500 unidades en un tiempo récord de solo tres meses.

    Para garantizarme que esto no era un golpe de suerte o una moda pasajera, decidí poner todo el capital ganado nuevamente en el negocio y ponerme a trabajar en una expansión independiente que titulé Mala Leche con Plátano, cómo una de las clásicas leches chilenas de las once. Mi objetivo era: si lograba replicar el fenómeno con un segundo producto, consolidaría el juego mala leche como una marca estable en las estanterías de todo el país. Y bueno, el resto es historia, el juego mala leche se ha vuelto un fenómeno cultural del mundo de los juegos de mesa chilenos que sigue haciendo reír a tantos chilenos (y extranjeros) sobre la idiosincracia chilena.

    Mi libreta de notas: El verdadero origen del humor negro chileno

    Una de las preguntas más recurrentes que me hacen en las ferias y eventos que asisto es cómo tengo la mente tan retorcida para inventar tantas frases desubicadas, chistes negros y combinaciones que rozan lo funable. La realidad detrás de mi proceso creativo es mucho más mundana y menos glamorosa que lo que el resto cree. No soy un genio de la comedia ni paso las noches encerrado escribiendo cartas locas (bueno… a veces sí); lo que realmente hago es llevar siempre una pequeña libreta de notas en el bolsillo de mi chaqueta o mochila y mantengo la oreja muy bien parada en el transporte público, las reuniones sociales y el trabajo. El humor negro y la sátira están profundamente arraigados en nuestra cultura chilena, y nos encanta reírnos de la desgracia ajena o lanzar comentarios punzantes y un poco desubicados, hasta cuando se escucha ese clásico “uuuuuuuu…”. El juego mala leche es, en su estado más puro, es un ejercicio de rescate y recopilación de la comedia callejera y anónima que he escuchado a lo largo de los años.

    Cada una de las cartas que componen el mazo final representa alguna frase que escuché a medias mientras viajaba apretado en el metro en hora punta, una historia divertida de un taxista trasnochado, un comentario imprudente de alguien bajando en un ascensor de oficina o un chiste interno de un grupo de extraños en un bar. Mi trabajo como autor consiste simplemente en recolectar esas expresiones, estilizarlas un poco para que encajen dentro de la estructura gramatical del juego y traspasarlas al formato de impresión. Por esta razón considero que el juego mala leche conecta de una forma tan potente y orgánica con la gente; porque no es un humor artificial forzado por un equipo de creativos encerrados en una agencia, sino un espejo directo, crudo y sumamente divertido de nuestras propias conversaciones cotidianas y de la picardía que compartimos cuando estamos en confianza. Incluso, tal vez sin saberlo, alguna vez te escuché y anoté algo que dijiste cuando justo el universo nos cruzó por la calle y ahora está en alguna carta de los 4 juegos.

    Más allá de la burla: Creando momentos memorables

    Mirando hacia atrás con la perspectiva que dan los años, me llena de orgullo contemplar el largo camino recorrido desde aquellos días de la tijera de papel lustre y la bolsa Ziploc con elásticos. Este proyecto independiente me abrió las puertas de una industria global fascinante y me otorgó el sustento económico y la experiencia técnica necesarios para seguir explorando mi camino como creador desde perspectivas completamente nuevas.

    Aunque adoro profundamente la irreverencia y la catarsis colectiva que define al juego mala leche, hoy en día mi enfoque como diseñador de entretenimiento ha madurado hacia la exploración de otras mecánicas de juego sociales. Mi meta actual va mucho más allá de burlarme de los aspectos feos o tabúes de la sociedad moderna, sino más bien lograr entretener a la gente y darles energía para que sigan felices en sus vidas.

    Hoy mi propósito principal es diseñar herramientas que faciliten la diversión sana, que permitan a los amigos y familias conectarse a un nivel más profundo y que sirvan para inspirar a las nuevas generaciones a través del rescate lúdico de nuestra identidad local. Quiero que la gente se siga sentando alrededor de una mesa de madera, mirándose fijamente a los ojos y compartiendo risas verdaderas, tal y como lo proyectaba en mi mente el día que decidí apagar la pantalla de mi computador para siempre y apostar por el maravilloso mundo de las cartas y los dados.